miércoles, 4 de julio de 2012
No era un perdedor...
Manuel
se levantaba aquella fría noche de invierno desconsolado, agonizante y
llorando, era su primera noche después de que le despidieran del trabajo
que durante catorce años le había ocupado cada minuto de su vida, doce
horas al día, sudor, y mucho esfuerzo había puesto para que al final el
primer picapleitos le pusiera en la calle. Ya era casi un año que no
hacia el amor con su mujer, quien al lado de su cama cada noche le
abrazaba y le decía que todo se arreglaría sin otra ilusión o esperanza
que el amor por su marido. Manuel se levanta y tras abrir el picaporte
sólo encuentra un oscuro pasillo con un sonido de fondo, era la tele de
su hijo pequeño Miguel, sólo ocho años, el pequeño de tres hermanos, que
llevaban toda una vida sin poder disfrutar de su padre por culpa de un
trabajo que al final de nada le ha servido, le apaga el televisor y le
besa con la ternura entrañable de un padre en la frente tersa y suave
que refleja la inocencia de aquel niño que cada día corría abrazarlo
llegára a la hora que llegára, sintiendose el hombre más perdedor del
mundo cierra la puerta del cuarto de su hijo y sale por la principal a
una calle vacía, sólo, desolado, destrozado, los sentimientos le superan
y las calles le parecen infinitas y el frío le atraviesa la piel como
si de mil afiladas agujas se tratasen. Piensa, discute con su propia
alma, se miente a si mismo, pero entonces recuerda aquella carta del
banco que decía que el desahucio por impagos era inminente, el dolor le
invade cada centímetro de su piel, se acuerda de la vida feliz que a su
mujer le prometió, de los sueños que a sus hijos les enseñó, todo ha
llegado a su fin, unas cifras van a poner punto y final a cada deseo, a
cada cuento de princesas con los que soñaba. Llega al banco donde por
primera vez besó a su mujer, se sienta, y la madera se estremece, mira
al horizonte y piensa que ya ninguna esperanza le queda, que toda la
ilusión de su pobre corazón se desvaneció, saca el revolver que su
difunto padre compró para tenerlo guardado, lo introduce poco a poco en
su comisura bucal, el cañon esta helado y chirría como al pasar las uñas
por una pizarra, el gatillo es suave y su dedo anular lo acaricia......
y así es como termina la vida de un muerto ya de por sí emocional, como
un simple cartucho termina con todo, como su corazón deja de latir y ya
el amor de su mujer y sus hijos se convierten en rabia, pérdida y
nostalgia ante la perdida de lo amado sólo les quedará recordar desde su
albergue de indigentes lo que una vez fueron. Manuel se gritó
mentalmente a si mismo "perdedor antes muerto que verles sufrir en un
comedor", esta historia sería muy dura, sería muy trágica, sería
infinitamente injusta, pero para nuestra desgracia esta historia es todo
eso y además real....
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